Ramírez nació en Maracaibo, Venezuela, en 1966. Ingeniero de formación, durante treinta años trabajó en la industria del petróleo. Ese oficio lo llevó a diferentes países, una vida de tránsito que marcó su manera de mirar el mundo.

No llegó a la poesía por el camino habitual. Nunca leyó a otros poetas —decisión consciente para no contaminar su propia voz— y su escritura emerge directamente de la experiencia: la paternidad tardía, los matrimonios que fracasaron y el que no, las pérdidas, la extrañeza de sentirse en casa en cualquier parte y en ninguna.

Para Ramírez, la poesía es ingeniería emocional. El mismo rigor que aplicó durante décadas al diseño de herramientas lo aplica ahora a la construcción del verso: darle forma a lo abstracto, encontrar la estructura que sostenga el peso de un sentimiento. Sus libros no buscan la belleza ornamental sino la precisión —la palabra exacta en el lugar exacto.

Su obra aborda las tensiones entre presencia y ausencia, entre lo vivido y lo imaginado, entre lo que se dice y lo que se calla. Escribe sobre padres que no estuvieron, hijos que llegaron contra todo pronóstico, verdades incómodas y mentiras necesarias.

Vive con su esposa Fabiola y su hijo Enrique.